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Como un aliento
Hoy me pidieron que viniera de mañana porque hay que terminar el inventario. En el color, las mañanas no se distinguen de las noches. Solo tienen esa cosa inminente de algo que comienza: Como un aliento. El cielo de la noche y el de las siete de la mañana son igualmente oscuros. Pero, de mañana, los pobres borrachos de la calle Mercedes hace rato que duermen en los umbrales como muñecos de trapos y papeles húmedos, y han dejado de ser los zombies tambaleantes que emergen en la noche, luego de haber descubierto que nada comenzará al día siguiente de ningún otro modo. Meto la llave en la cerradura. No tengo miedo. Adentro me espera el mate, la estufa, mis ratones, los sacapuntas y los cuadernos, las gomas y los portaminas, porque hoy hay que terminar el inventario. Y a lo mejor está también, ahora que pienso, el agente de servicio 223. Porque alguna que otra vez está a la hora que tiene que estar. -Es un chanta- decía Don Alberto, que descanse en paz El Agente llega media hora después que yo. Me mira con cara de culpable. Yo ya estoy haciendo el inventario. Respira agitado. Se masajea las sienes. Abre tanto los ojos que parece que estuvieran trepándose a sus cejas. -Disculpe, Señorita Anita. Llegué tarde porque vengo de un procedimiento. -Ahá- le digo automáticamente. -Me salvé de chiripa. Estuvo muy peligroso. Incautamos dos toneladas de marihuana, dos de cocaína y un arsenal... 300 granadas de mano y 10 metralletas. -Ahá, digo sin inmutarme, como el Rodríguez de Espínola frente al diablo, mientras empiezo a contar en voz alta las gomas. La literatura como estrategia de vida, pienso. Él continúa enfervorizado tratando de provocarme alguna conmoción. Ya soy casi Rodríguez. Inconmovible frente al palabrerío del diablo. -También había dos masculinos proxenetas y media docena de femeninas en pleno ejercicio de la prostitución.Encontramos varios miles de dólares y cuando estábamos a punto de aprehenderlos… -¿A los dólares? Sé que no debí intervenir. Pero me tentó el diablo. No hay caso, no tengo conducta. No llego ni a los pies de Rodríguez, el inmutable. -Señorita Anita, me refiero a los cuerpos del delito. Cuando estábamos a punto de aprehenderlos, uno de ellos me tomó por sorpresa del cuello y ¡pin!, ¡pun!, ¡pan!, logré reducirlo sin problemas. Tuvimos que participar varios efectivos policiales de la unidad de delitos complejos. Y el procedimiento duró desde ayer de noche hasta hoy de madrugada. Por eso llegué tarde. Yo a esa altura había terminado de contar las gomas para el inventario y ya contaba a un volumen audible desde la vereda, para ver si se callaba: -40 cajas de gomas de 20 gomas cada una son 600 gomas. Yo usaba la estrategia de la indirecta y la redundancia combinadas, a ver si se daba por enterado de mi indiferencia. -Me olvidaba, encontramos también cuatro bazookas y 12 rifles de mira telescópica y había una bomba que seguro era casi nuclear. Termino con las gomas y sigo con los portaminas. El agente ignora mi sutil propaganda anti armamentista y sigue enumerando y contabilizando pistolas automáticas, máscaras antigas, cartuchos, balas. Esta vez no logrará tentarme- me digo. - ¿Vio el informativo antes de venir? - 43, 44, 45….50 portaminas. - Le decía si no vio el informativo - No - Ah...Por… - 56, 57, 58… - Le decía porque aparecí ante cámaras - 59, 60, 61… - Le concedí al canal 4 una entrevista exclusiva. - Ahá. Perdí la cuenta. 51, 52, 53… - Me sacaron de medio perfil, ¿sabe? El periodista me preguntó cómo me sentía en ese momento, luego de una hazaña policial de esta magnitud, así dijo, ¿sabe? Hazaña, magnitud. Y adivine qué, entonces yo me acordé de que hoy yo venía acá y que me habían avisado que usted venía también y entonces le dije al periodista que yo me sentía muy bien, muy orgulloso y que se lo quería dedicar a la Srta. Anita, que seguramente me estaba viendo en este momento, y pensé que como me había pasado esta hazaña, yo iba a comenzar este día de un modo diferente y que por primera vez, al dedicarle yo la hazaña, usted me iba a prestar un poquito de atención e íbamos a poder tomar un mate juntos, y pensé también que, como había inventario, yo podría ayudarla a contar las gomas entre mate y mate. Yo, a esa altura, ya había perdido la cuenta de los portaminas y mi cabeza se había metido en un vértigo de pensamientos contradictorios: unos me gritaban que volviera a empezar con la cuenta, congelándolo con la mirada o que llamara a los ratones o invocara a Rodríguez, al diablo y a cualquier conjuro conocido, y otros pensamientos me decían que esta mañana tenía esa cosa inminente de algo que comienza. Se sentía ese aliento. Al final, no soy Rodríguez. Soy Anita, qué le vamos a hacer. - ¿Así que fue muy peligroso el procedimiento? Cuénteme un poco más…
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Papelería los inmortales: Una luz de esperanza
La tarde atraviesa Paraguay en zigzag hasta llegar a la Papelería. Bosteza contra las vidrieras empañándolas. Se cuela por las estanterías y los filos de los sacapuntas en vano intentan cortarle unas horas, para transformarla en una tarde capaz de dibujarme una sonrisa. Yo estoy acá otra vez, como todos los días. Necesito tomarme un descanso, salir a pasear, escaparme un poco de este lugar, estar al sol, pero no hay caso. No puedo. Soy la única para todo. Y encima hoy, las horas pasan y nadie entra. La tarde me contagia sus bostezos y me siento lánguida, en frontera con el desmayo. Apoyo la cabeza en mi mano con voluntad de dejarla ahí, desgajándola del tronco, haciéndola girar 180 grados para que pueda observar y dirigirse al resto de mi misma, así tengo con quien hablar. La papelería es un caldo de cultivo para las personas que están al borde de la esquizofrenia, como yo. Ya casi puedo ver cómo mi cuerpo se separa de mi cabeza. Es que no hay peor combinación que la del hastío con la soledad. - ¡Arriba las manos! Siento una luz de esperanza. - No puedo - Arriba las manos – la voz antes gritona, se vuelve suplicante- Esto es un asalto. - Ya te dije que no puedo – lo tuteo, no sé por qué. Una alegría me recorre. Por fin una emoción. No muy fuerte, pero algo es algo. Ahora lo importante es que me entienda. Porque no es tan fácil salir de ese estado próximo a la esquizofrenia. Ya le dije que no puedo, pero parece que el ladrón es duro de entendederas. - Esto es un asalto – la voz recalca el verbo ser y se pone didáctica. - Será, pero no puedo levantar las manos- Enfatizo el “no puedo” - ¿Es parapléjica? – Dice el chorro con alarma y angustia. Es sorprendente el vocabulario de este ladrón. - No, pero tengo la mano ocupada. La mano derecha me sostiene la cabeza, que está distanciándose de mi misma. ¿No se nota? Fijate bien. Si querés levanto un pie. - No se burle – dice ya a punto de lagrimeo. - Pero no, de ningún modo. Se me acaba de despertar la esquizofrenia. Me estaba dividiendo, para tener un interlocutor. Es que me ha tomado el hastío de la tarde, me siento tan sola y decaída…Todavía no reacciono. Se precisa algo más fuerte que un robo para hacerme reaccionar. - ¿Algo más fuerte? No estoy en condiciones. No me exija eso, se lo pido por favor. No va con mi perfil. Y no abuse… Levante una mano, aunque sea. Sea buenita… - Bueno, te levanto la izquierda. Como aviso de desodorante ¿Más contento? Podés tutearme si querés. Eso ayuda. - Si. Ahora está mejor. Bueno, ahora dame la plata de la caja - No puedo - ¿Otra vez? Dámela con la izquierda si eso te facilita las cosas, por favor… Se le quiebra la voz. Es tan amable. Es un poco lento también, pero tan tierno, casi virgen. Le veo potencial. No sabe en qué manos ha caído. No imagina el jugo que le voy a sacar a esto. Mi cabeza ha vuelto a su lugar. Estoy entera de nuevo, estableciendo estrategias y roles. Por fin ha pasado el hastío. Reina de nuevo mi imaginación. Y si… - No es eso. Si querés puedo darte la caja de la plata, pero la plata de la caja no, porque no hay plata en la caja – le digo haciendo uso de mis dones pedagógicos. - ¡No puede ser, no puede ser! No me puede estar pasando esto. Debo estar soñando. Me siento frustrado, impotente. Pellízqueme. Me ha vuelto a tratar de usted. No hay caso. Tiene un natural respetuoso. Cada vez le veo más posibilidades. Lo pellizco con la mano izquierda. Grita. - No grites, te van a descubrir. - Tiene razón, gracias. Bueno. Está demostrado que no es un sueño. - No sé…Puedo estar soñando yo. Vos podés estar en mi sueño… Comprobemos, por favor… El ladrón me pellizca con extrema delicadeza. - Con esa manera de pellizcar nadie se despierta de un sueño. ¡Más polenta, hombre! - Pero más fuerte no puedo. Ya le dije que no es ese mi perfil - A ver, paráte ahí, apuntáme con firmeza y poné tu mejor cara de malandro - - ¿Así? Es la última prueba que le tomo. Veo que es casi perfecto. Varonil, pero delicado. Bien educado. Dócil. Complaciente. - No, así no. Te falta fruncir el ceño. Tenés que levantar el revólver más arriba, no podés temblar así. Mirá, no servís para esto. Yo que vos me dedico a otra cosa. Si querés te consigo un trabajo acá mismo. El muchacho de la mañana renunció. - ¿En serio? ¿Haría eso por mí? - Por supuesto. Fijate, ¿ves? Así se prende la fotocopiadora. Después ponés las hojas por acá y las sacás por acá. Así, ¿se entiende? Bueno, lo que cobrás lo ponés en esta caja. Toda la mercadería tiene precio. Ves, ya tenés mejor cara. Usá el tono amable ese que tenés que te va a ir bárbaro con los clientes. Cuando no haya nadie para atender, te ponés acá y hacés el inventario. No te asustes si ves algún ratón. No hacen nada. Bueno, empezá ahora que yo tengo que ir a hacer un mandado hasta la verdulería y a hacer unos trámites urgentes. Necesito despejarme. Son muchas horas seguidas acá adentro. Seguro vuelvo en dos o tres horitas. No te pongas nervioso. Si entra algún ladrón, tocá el botón de pánico que está ahí abajo y enseguida viene el de seguridad que está parado ahí en la puerta. ¿Lo ves? Ese de gris que está mirando para acá. Bueno, mucha suerte en tu primer día de trabajo.
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Papelería Los inmortales: Los físico culturistas
- Si, guardáme un melón para después - Te lo llevo cuando pase por la papelería. Se me acabó la reserva de biromes. Después voy, Anita - Ta, dale
Todo el mundo necesita escribir, el verdulero, el carnicero, las prostitutas de la esquina y también los físicos culturistas del gimnasio de al lado. Cuando entran- porque siempre vienen los cuatro juntos- de camiseta sin mangas y shorts, aunque haya 10 ° bajo cero de sensación térmica, el termómetro que está al lado de la caja sube cuatro o cinco grados. Aceitados, mantecosos, los músculos irradian energía y encandilan bajo los neones de la vidriera. Mi imaginación vuela entonces otra vez. No, no en esa dirección. Visualizo melones, zapallos y sandías hinchándose y levantando pesas. Por las formas redondeadas y por culpa de mi imaginación, ya enfermiza. De los cuatro solo habla uno. Parecen una sociedad de ventrílocuos dueños de un solo muñeco. Éste logra comunicarse. Los demás parecen tener también una hipertrofia muscular en las cuerdas vocales que les impide emitir sonidos articulados. Inarticulados sí emiten porque antes de hacer sus ejercicios de pesas diarios, salen a correr por Paraguay hacia Uruguay y a veces entran en la papelería sonorizando y sudorizando el ambiente. Hoy la papelería fue colonizada a la voz de: -UN, LAR, Dó, tacatacataca, tré, luré -¿Cómo dijo? – les pregunto. -¡Unl, car, ta, car! ¡Un,dó,tré! -No estoy preparada. Para la papelería no pedían idiomas. Santas palabras. Todos quedan mudos y quietos menos él, el hispanohablante articulado. Estaban haciendo precalentamiento, saltando mientras hablaban y no se les entendía nada. -¿Tenés una carpeta tamaño carta? No puedo dejar de percibir que sus anteriores silabeos presentan coincidencias fónicas con su actual solicitud de mercadería. -Si Saco un par de ratones locatarios de entre las carpetas. Les he tomado cariño. Me acompañan bastante. Los deposito delicadamente sobre la alfombra de alto tránsito. Hay que ver cómo saltan los cuatro melones. Dicho sea esto con el mayor de los respetos y sin pretender sugerir otras connotaciones por fuera de las que corresponden a las formas redondeadas. -¿Te gusta ésta? Entonces el homínido más azapallado de los cuatro emite un sonido gutural, el asandiado lo sigue con otro cristalino y el hispanohablante corona la frase que al final, luego de mi reconstrucción lingüística suena así:
-Si, es ideal para nuestras necesidades.
Mi curiosidad es lo único que puede llegar a hacer de mi misma un ser innoble. Lo que dicen me interroga, me interpela, me convoca. Las verdades, incluso las de plástico, me obsesionan. Pero los cuatro pagan de inmediato y se van sin darme tiempo a hacer ninguna pregunta. Y yo me quedo así, sin saber cuáles son las necesidades de los melones aceitosos. Salgo a la calle. Sigo la carpeta que llevan en lo alto, pasando entre la gente, porque la sacuden como una bandera. Uno de los físicos culturistas agitadores saca unas hojas algo arrugadas de una riñonera. ¿Para qué quieren una carpeta si los papeles están arrugados? ¿Será poesía? ¿Tendrán un club secreto de físico culturismo poético? Porque meten las hojas en la carpeta en medio de un ceremonial, que tiene algo de complicidad y de conjura. Sus plexos se dilatan de alivio. Sonríen y no puedo evitar pensar en las semillas de los zapallos. No tengo cura. Me tengo que hacer ver. Ya sé y no es solo mi opinión. Ya me lo han dicho. Segundos después, me acecha la culpa. Me pongo a pensar en las horas que han sometido a sus cuerpos a férrea disciplina hasta volverlos broncíneos y deiformes como los de Aquiles y Héctor. Trato de fijar esa imagen colgándoles algún escudo y subiéndolos a algún carro tirado por caballos que baten cascos. Llego al momento en que Patroclo se enfrenta a Aquiles, pero un bocinazo me desvanece todo y reaparecen las ya mencionadas hortalizas. Detrás del paragolpe de un coche estacionado, yo observo sin que ellos me vean que se les cae una de las hojitas. Tan solo una. Suspendo mi corazón y me estiro cual Muslera, hasta que revoloteando la hojita llega a mis manos, y entre manchas como de manteca puedo ver que dice:
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Y bueno. Es el posmodernismo ha llegado hasta los físico culturistas. Se ve que entre tanta redondez y estiramiento, se les perdieron otras formas. Como en el fondo soy un alma buena e imagino la desazón al descubrir que les falta este presupuesto entre los otros que tienen, voy corriendo hasta la papelería, pongo el papel en un sobre y voy hasta el Gimnasio y lo paso por debajo de la puerta. -Al final, ¿te llevo el melón o lo llevás ahora?- Me dice de pasada el verdulero -No, gracias. Mejor dame bananas.
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El charquito
"Abandonad toda esperanza Vosotros los que entráis..." (Inscripción Puerta del Infierno Divina Comedia, Dante Alighieri)
- Ah, me olvidé de decirte…Doble faz - Bueno. ¿Cuántas? Tampoco me dijo… - Eh…50. Con eso alcanza, sí. El servicio de fotocopiado lo atiendo yo desde el mediodía hasta la hora del cierre. Esa es la hora en la que en el centro de Montevideo, salen los bicharracos a la calle, un universo de figurines: las siluetas desflecadas a contraluz, el desfile de estresados, varias ráfagas consecutivas de apurados, además de los humanos casi zombies, que parecen restos de gente, sumados a los que piden y los que asaltan y los que juntan ceniza para armarse la pasta. Si fuera creyente, pensaría que Satanás revuelve Montevideo con la cola, mientras ésta cocina a fuego lento a estos pobres diablos. Todos los días llega uno de ellos a mi mostrador. La papelería absorbe por todos sus papeles, cartones y cartucheras la poesía decadente que exudan estos personajes que pasan y se van. Mis estudios de literatura no son tan ricos como esta actualización constante de mi catálogo de personajes. Otros días estoy malhumorada, pero hoy estoy vacía, casi desesperanzada. Mi esperanza se ha vuelto una gotera y puedo ver un charquito verde limón, sobre la alfombra de alto tránsito de la papelería. - Me están esperando en un taxi - Bueno. Ya va… El desconocido está tenso, como si le fueran a hacer una fibrocolonoscopía sin anestesia en tres segundos. A veces no puedo evitar que mi imaginación vuele así. Miro su mano. Tiene un anillo voluminoso con la inicial “D” ¿Demetrio? ¿Dillan? ¿Duvimioso? Viste con elegancia. Traje cruzado negro. Camisa blanca, corbata roja e insólitamente, gemelos rojos. ¿Modelo? Pelo negro, muy cuidado. Barbita corta en la pera. Bigote bastante fino. Manos afiladas. ¿Pianista? No es como Ricardo Fort, ni como el otro zapallo del jurado de Tinelli, pero su ropa tiene excentricidad de camarín. De medio perfil, se parece un poco a Sean Connery, pero no tanto como para que me tire en sus brazos en el acto. Doy vuelta la hoja distraídamente, y veo el taxi estacionado en la puerta. La tarde está lloviendo discretamente sobre el lomo de Montevideo. - Acá tenés- dice “D”- y me paga. - Gracias. Este hombre me intranquiliza. Mejor que se vaya. Tiene la mirada encendida. Si se queda un minuto más, le salto encima. Lo miro irse. Se sube al taxi y chau. Mis ojos se detienen sobre el mostrador. Se olvidó de un cuaderno rojo, como los gemelos y la corbata, de tapas duras. No hago ni el amague para ir a alcanzárselo. El charquito se va poniendo verde botella. Saber algo, obtener la verdad, me colorea intensamente la esperanza, como si me conectaran un suero. Tengo la oportunidad de salir de estas cuatro paredes, de invadir una vida privada y lo voy a hacer antes de que vuelva a buscarlo. “D” dice también la tapa del cuaderno. ¿Damian? ¿Daniel? ¿Duilio? Son años de Tutti fruti. Busco alguna pista en el cuaderno. En la primera hoja dice: Hoy se lo voy a decir ¿Qué cosa va a decir? ¿A quién? No dice nada más. ¿Estará hablando de la mujer que lo esperaba en el taxi? ¿Estará hablando de mí? ¿Y si me quisiera decir algo a mi? Y más adelante, dos hojas después:
Su mirada me atraviesa, me tritura, me muele. Es un Infierno y duele, pero después viene el alivio de las cosas verdaderas. El paraíso es una mentira, tiene nubes de papel crepé hechas por escolares bajo la mirada despiadada de maestras sádicas … El infierno es el fuego que alojo Porque no puedo tocarte. El silencio es tóxico Clava su ancla en mi garganta Todo se pondrá rojo Ya no me queda esperanza
D tiene que decirle algo a alguien. ¿A una mujer? En todo caso, todo tiene que ver con hablar o callar secretos. Daría todo por saber. El taxi vuelve. El señor “D” se baja. Cada vez me parece más un poeta. Cierro el cuaderno y lo tapo con un rollo de nylon y espero que “D” se acerque de nuevo. Me pongo a ordenar unos sacapuntas en su caja de cartón. Después pienso que nadie ordena sacapuntas en una caja de cartón, a no ser que sea por una razón especial, y que no es verosímil mi cobertura. Los dejo caer en catarata desde el mostrador y se estrellan contra el piso en el preciso lugar por el que deberá pasar “D” cuando venga a buscar su cuaderno. Quizás me ayude a recogerlos. Después de todo, los caballeros siempre alcanzan a las damas el pañuelo que se les ha caído. Lo mío es nada más que una variación en el objeto. - ¿Dónde está mi cuaderno? Me lo dejé acá hace un momento “D” me pisa dos sacapuntas y se siente el cricck, cricck de los plásticos rotos. Pequeños trozos verdes y rojos quedan incrustados en la alfombra de alto tránsito. No se inmuta. Otra vez cara de fibrocolonoscopía. Así no se parece tanto a Sean. - ¿Un cuaderno? No sé… No me di cuenta. ¿Era muy importante para usted? - Si. No estuve en ningún otro lado. Tengo unas anotaciones allí que necesito. Tiene que estar por acá. ¿No lo vio? - ¿Yo? No… Pongo mi mejor cara de compasión. Cierro la fotocopiadora, salgo de atrás del mostrador, lo ayudo a buscar por todos lados, cuidando que no se acerque al rollo de nylon. - ¿El cuaderno tiene algún nombre? ¿Usted cómo se llama? Yo siempre digo que es importante saber la verdad, que se la digan a una o que uno la diga, como sea, hay que decir las cosas, ¿no? Porque después uno se envenena con ellas y… No me habla. Me mira. Y su silencio me obtura la boca. Como siempre, mis palabras son catarata, mi lengua es enemiga. Se dio cuenta. Me cocina a fuego lento con la mirada. Necesito una distracción. Con el codo tiro un exhibidor de caramelos. El piso queda como después de romper una piñata. Él se queda de pie. Los gemelos rojos quedan a la altura de mi nariz. Luce como un gigante, mientras yo estoy en cuatro patas y junto los caramelos. Desde allí le tiendo la mano con uno de ellos convidándolo. No me acepta ninguno. ¿Diabético? Parece que tuviera una fogata en cada ojo. Está furioso, pienso. Pero, no. - Devuélvame el cuaderno- me implora - Lo necesito. ¿Qué quiere a cambio? - La verdad. Quiero saber. Cuénteme - Puedo decirle mi nombre: Benjamín Legrand. - ¿Y la “D”?- le pregunto, y ya desbocada - Vamos…Usted miente. Podría haber inventado algo más convincente que ese seudónimo tan antitético. ¿Es “D” de Darwin, de Dantón…De…? - Devuélvame el cuaderno, por favor. Ahí tengo todo. Pídame lo que quiera ¿Qué desea? Puedo darle lo que me pida, oro, poder, lo que sea, menos la verdad, a cambio del cuaderno. - Se pisó el palito- saber la verdad me tranquiliza tanto que ni me inmuta su revelación- ¿Cómo debo llamarlo? ¿Belcebú o Mefistófeles o Lucifer? Por estos pagos le llamamos mandinga…Por lo visto- señalo el anillo- Diablo a secas. El diablo se ríe mucho. La carcajada queda muda en el aire y me dice con bastante amargura: - Nada de eso. Llámeme Benjamín. Soy un pobre diablo. Vivo constantemente insatisfecho. En sus ojos se deja ver su frustración, quizás porque un diablo no puede pactar consigo mismo, tiene que pelear por sus sueños como cualquier mortal. - Devuélvamelo, por favor- me ruega. La frustración y angustia del diablo son tan humanas que me conmueve y le doy el cuaderno. - Gracias- me dice el diablo - Se lo debo todo. - Merece – le dije yo- que soy un poco hereje.- Lo entiendo. Usted ha perdido el paraíso. ¿Dónde vive? - No. No lo perdí. No lo quise. El paraíso es una mentira de plástico, parecida a los pesebres. A veces pienso que lo soñé y que solo pasé una temporada en un hotel de alta rotatividad. Vivo en Montevideo, que es una dama de la noche, y ella me ha contado sus vergüenzas…En ese cuaderno está todo…- y agrega, esta vez haciendo sibilina su voz: “El diario del diablo” Pura “D”. Quisiera que me contara. Mi deseo de saber se apodera cada vez más de mí. Parece que él me adivinara el pensamiento. - Lo que hay allí no es para cualquiera. Me tienta. Me tienta. Es poderosa tentación tener la verdad… - ¿Puedo sacarle una fotocopia a su cuaderno para leerlo? - le pregunto? - Eso depende de lo que usted esté dispuesta a sacrificar. - ¿Mi alma? - Puede ser…Su alma o su esperanza que es lo que importa… Pero debo advertirle que un alma sin esperanza no es más que el vientito que mueve las cortinas y las hojitas de los árboles. Debe comprender el alcance de este contrato, porque no habrá marcha atrás. Es honesto ahora- pienso- Antes no, porque no hay duda que conoce mi charquito. Su olvido del cuaderno fue deliberado. Eso era lo que deseaba desde que entró hoy más temprano a la papelería, a sacar las fotocopias. Claro, para qué iba a necesitar el Diablo fotocopias… Un efluvio literario me envuelve: Si Dante tiene razón, la esperanza en el Infierno se cotiza como oro. Miro mi charquito y me empiezo a despedir. Sé que se está saliendo con la suya, sé que me está enredando en su pacto y obtendrá lo que quiere. Mi charquito se pone amarillento y empieza a naranjear… Todo se pondrá rojo Hasta que no quede esperanza - No hay pacto – dice el Diablo- Hasta el Diablo debe poder resistir su propia tentación. No quiero su esperanza. No quiero tenerla. ¿Para qué? Yo quiero seguir amándola a usted, Anita, y usted no sería usted sin su charquito. Yo quiero desear tenerla, verla ahí a usted, Anita, y mantener para siempre el deseo vivo de obtenerla a usted y a su esperanza. Quizás no la obtenga nunca y probablemente eso sería lo mejor... Ese será mi paraíso: vivir en vilo, intensamente, en perpetuo estado de amor y deseo por usted y su esperanza. Quiero que cuando usted me mire, se me triture el alma como hasta ahora. Mi amor no seguiría intacto en el transcurso de su vida mortal si yo mismo hiciera que su alma fuera solo un vientito. En ese instante descubro una de las verdades del cuaderno. Él hablaba de mi. Una lágrima salada se me cuela por la comisura. -Usted no encontrará nunca este cuaderno. Lo dejaré escondido aquí para siempre. No hay mejor lugar para esconder algo que una papelería. Cuando dijo eso todos los cuadernos y cuadernolas de la papelería, hasta los que estaban en los más altos anaqueles, y también su cuaderno, empezaron a girar. Volaban bajo el cielo raso de la papelería en cámara lenta, sin siquiera abrirse en el aire, como si fueran miles de alfombras mágicas. Eso duró apenas un minuto, pues cuando los hubo entreverado bien, volvieron a sus estantes altos y la verdad quedó sepultada bajo montañas de papeles en blanco. Me queda mi charquito de esperanza, pero que parece bien poca cosa al lado del amor que me hace adiós con la mano desde la puerta. ¿Dónde obtendré un amor que cuide tanto de su propia sobrevida? ¿Y la verdad? Y si... Voy a buscar una escalera.
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Papelería Los inmortales: Eros y Jehová
“Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego… Pido a tus manos todopoderosas, ¡Su cuerpo excelso derramado en fuego Sobre mi cuerpo derramado en rosas!
Delmira Agustini. Acá estoy, en la papelería memorizando su poema para el examen de Literatura Uruguaya. Al otro día de haber fallecido Don Alberto no pude presentarme, así que ahora estoy otra vez sobre los libros, las fotocopias y los cuadernos, a ver si puedo aprobarlo de una santa vez. Pero Delmira me hace alucinar. Cada vez que levanto la vista le veo colocarse en pose para la foto. Ahora mismo está con un sombrero negro que tiene encima un enorme pájaro también negro. Ella pone su mano bajo su mentón y se sienta en una silla que hay al costado de la entrada de la Papelería. Desde ahí, me clava los ojos todos pintados de negro, arriba y abajo. Las formas son redondeadas y dadivosas y la boca rojo sangre. Bajo la vista y trato de concentrarme. No quiero que me hable. Pero no puedo. Miro otra vez y ahora está de pie, más cerca, mirándome fijo, los hombros desnudos, sin sombrero, con el pelo que le rebasa los hombros, adornado con una rosa. Al final no tengo más remedio que levantar la vista, porque entra un cliente. El Sr. Rey. Su visita es habitual. Siempre es muy serio y formal. Casado, con dos hijas. Extremadamente respetuoso, tímido, puritano. Dice la de la carnicería de al lado que es Testigo de Jehová, practicante fervoroso, de esos que salen a reclutar gente, puerta a puerta, y que una vez entró en la carnicería con folletos y ella se los agarró y después envolvió la carne que quedó toda teñida, sobre la grasa, con grabados de Jehová y la virgen - Buenos días. Necesito plasticina. Es como para hacer una maqueta que le mandaron hacer en la escuela a mi hija. No puedo contestar enseguida, porque cuando lo miro veo que Delmira se le acerca, con actitud de fantasma malo de Gasparín. Lleva guantes de raso color marfil hasta el codo y le pasa un dedo por la cara. El Sr. Rey no se inmuta. Respiro con alivio. Observa las cajitas de plasticina que hago deslizar por el mostrador como estuviéramos en un saloon de western y fueran cervezas en jarra. Quizás así Delmira se sienta fuera de ambiente y se vaya. - Viene en cinco colores- digo rapidito- Cuesta $50,00. ¿La lleva? Que se vaya enseguida por favor. - Le traje dos cajitas. Una de colores normales y la otra con colores flúo. - Pero Anita- Me dice Delmira con una voz grave y susurrante- No lo corras. Dejáme ayudarte un poco. Dejá que el caballero sienta tu presencia. Yo te voy a enseñar. ¿De qué te sirve la literatura escondida atrás de ese mostrador? Esta vez se quita el guante y lo acaricia. Se sube al mostrador con una agilidad de felino. Me tapa un poco al Sr. Reyes. No es transparente. Se recuesta y de pronto escucho que dice: - ¡Así tendida soy un surco ardiente, donde pueda nutrirse la simiente de una Estirpe sublimemente loca! De pronto no veo más el recorrido de la mano de Delmira, porque queda oculta tras su cuerpo y el mostrador. Entonces, como estoy nerviosa, hablo. Hablo y hablo. Saco la plasticina de su caja y voy mostrando uno a uno los colores, nombrándolos, como si estuviera dando una clase en jardinera de cuatro años. - Como le decía, viene en cinco colores. Azul, rojo, amarillo, verde y blanco. No mancha la ropa. No es tóxica. Puede ser utilizada a partir de los tres años. Y tiene además las que son color flúo en esta otra cajita.- Estoy pronta para un casting. Mientras digo esto, Delmira se evapora de encima del mostrador y puedo ver ahora las huellas de sus besos en los cachetes regordetes del Sr. Rey. Es un fantasma con cosmética. La noto más lanzada ahora que es fantasma. Porque después de todo, ella escribía con erotismo, pero se portaba de una forma bastante recatada, no como ahora. La muerte le liquidó las represiones. - Señorita- me dice el cliente- sabe que he entrado muchas veces aquí, pero es la primera vez que la veo, creo. No sé como no la noté antes porque su presencia se hace sentir, o ¿será que usted es nueva? - Dame las gracias, nena- me dice Delmira.- La ignoro. - No, señor- le digo mientras veo multiplicarse las huellas de besos en el cuello de la camisa del Sr. Rey- Hace tiempo que trabajo aquí. Siempre lo atiendo. Empiezo a modelar la plasticina flúo con mis manos tratando de descargar la tensión, tipo amansa loco. Delmira le está diciendo al oído: - Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones, de palomos, de buitres, de corzos o leones… Esta alucinación se tiene que terminar de una vez. - ¡Andate!- le digo a Delmira. El Sr. Rey se ruboriza como cuando te pescan en una falta. - ¿Por qué me echa? ¿Acaso usted ha sido bendecida por Jehová y es capaz de leer mis pensamientos? Discúlpeme si he sido muy efusivo en ellos. Yo solo trataba de pensar en lo bonita que es usted. Me siento perturbado. Estoy fuera de mi…Me provocaste un impacto, nena. No sé ni cómo te llamás, pero necesito estar con vos. Te amo. No puedo esperar más… Estaba agitado, al borde del bronco espasmo. Los rollos de plasticina en mis manos se habían vuelto tallarines. - Quiero ser tu león, tu palomo. Me urge que hablemos en un sitio más tranquilo, mantequita ¿Hay un cuartito en el fondo? Con uno de los tallarines de plasticina estrangularía a este palomo. Pero él no tiene la culpa. Está poseído. - No puedo corresponderlo Sr. Rey. Además, estoy estudiando. - ¿Qué estudiás? Todo lo tuyo me interesa. - ¿Aprendiste algo hoy, no?- me dice Delmira- No hay que desperdiciar la vida. Se va muy rápido. Hay que sembrar la simiente. El palomo de Jehová había perdido ya toda compostura: - Tú eres la cerradura para mi llave- me decía, parafraseando a Delmira, mientras yo me esforzaba por no pensar en su llave- Quiero verte desmayada en rosas. Eros, padre mío, necesito que me la entregues- seguía diciendo entreverando versos con prosa, poseso - No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor… Miré al Sr. Rey, miré a Delmira, miré otra vez al Sr. Rey, otra vez indecisa no sabiendo a cuál de los dos contestar. Pero la respuesta tenía que ser inmediata porque él ya se estaba trepando al mostrador. Desde allí decía: - Estoy en la ultra tierra de un plinto. Soy un antiguo emperador. Seguro que desde el plinto este testigo de Jehová vuelto estatua modernista, pretendía saltar sobre mí. Él ya estaba preparándose para el salto de león o de corzo o más bien de tigre, y se me ocurrió este recurso extremo: - ¡Oh, Dios!, ¡Oh Virgen!, ¡Oh, Santos Apóstoles de los primeros, medios y últimos días, que seguramente también estáis en el cielo! Bienaventurados sean los castos y los puros porque de ellos será el Reino de los Cielos! Oh, Jehová! Te pido que seas mi testigo y expulses de aquí a este pecador. Que se vaya y se arrepienta, y que por favor, ya no pise más esta papelería. Si me concedes este deseo, te lo llevas de aquí con o sin su plasticina, y le haces dar un baño bien frío, te prometo rezarte todos los días, bendito Jehová mío, y serte fiel en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, esposo mío, amén. Mi oración casi exorcista no respetó las convenciones ni el catecismo, pero el asunto fue que Delmira desapareció al instante y el Sr. Rey, después de que su cabeza diera vuelta como la de Linda Blair y la de los búhos, varias veces, salió despavorido dándose golpes en el pecho con una caja de plasticina, gritando Mea culpa, Mea grandísima culpa y no ha vuelto a venir. Arriba del mostrador quedaron los $50 pesos y los tallarines de plasticina de la otra caja. El examen de literatura lo aprobé con mi insight sobre Delmira. No hay nada como la experiencia directa. Además, desde ese día soy Testigo de Jehová y mi película favorita es “El exorcista”.
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